Pastillas de jabón de Alepo apiladas en torres para su secado

Érase una vez…

Nuestro compromiso con la belleza y la naturaleza

En Alepia creemos en el poder de los ingredientes naturales y en su capacidad para revelar la belleza auténtica de cada persona. Desde nuestros humildes comienzos, nos hemos dedicado a ofrecer productos para el cuidado de la piel y cosméticos inspirados en las tradiciones ancestrales de la ciudad de Alepo, en Siria. Respaldados por una rica historia y por un saber hacer transmitido de generación en generación, hemos construido una marca que celebra la pureza y la eficacia de los ingredientes naturales.

Nuestra historia: el fuego de Alepo no se ha apagado

Una pastilla de jabón de color pardo dorado, una ciudad de caravanas, un médico que da el salto, un jabonero que llega con una maleta. Así es como un saber hacer que, según la tradición, tiene más de tres mil años cruzó el Mediterráneo para seguir vivo, gesto a gesto, en la meseta de Brie.

1. El aroma del laurel

Todo empieza con una pastilla de jabón que le da a conocer su abuela. Parda como la corteza del pan, algo áspera, marcada con un sello en hueco que se lee con la yema del dedo. Se humedece y asciende un aroma verde, algo amargo, franco como una hoja estrujada entre los dedos: el laurel. Y bajo el laurel, más redonda, la oliva.

Él es médico biólogo. Su oficio consiste en mirar de cerca y no creer más que en lo que comprueba. Toma la pastilla, la sopesa (densa, más pesada de lo que parece) y le da la vuelta como quien lee una fórmula: aceite de oliva, aceite de bayas de laurel, agua, sosa cáustica, fuego y tiempo. Nada más. La prueba. Queda prendado. Necesitará más, y pronto muchas más.

2. Un país como cualquier otro

Samir Constantini nació en Damasco. Su familia se instala en Francia nada más nacer él: «yo nací en Damasco, en Siria, pero siempre he vivido en Francia». Crece en una casa donde se quiere a este país sin reservas. «Mi padre era excombatiente, luchó junto al general de Gaulle y nos inculcó el amor por Francia». De niño, Siria no es para él más que un nombre en un mapa: «para mí, Siria era un país como cualquier otro».

Más tarde viaja allí, después repite el viaje y poco a poco comprende «que ese país formaba parte, en cierto modo, de mis orígenes». Una pastilla de jabón pesa poco. Esta lo lleva hasta Alepo.

3. Tres mil años de fuego

Alepo es una de las ciudades habitadas más antiguas del mundo. Durante siglos fue una puerta entre el Mediterráneo y Oriente: las caravanas procedentes de Persia y de Anatolia descargaban allí la seda y las especias, y volvían a partir cargadas con los productos de la ciudad. En la ciudad vieja, un gran edificio de piedra todavía lleva el nombre del jabón: el Khan al-Saboun, «el caravasar del jabón», dedicado por entero al jabón. Nada refleja mejor el lugar que este jabón ocupaba en la ciudad: le habían construido una casa.

Según la tradición, aquí se fabrica desde hace más de tres mil años. Poco importa la fecha exacta: lo esencial no ha cambiado. Aceite de oliva, que las colinas de los alrededores producen desde la Antigüedad. Aceite de bayas de laurel, extraído de los frutos negros del laurel noble que crece en las costas del Mediterráneo oriental: bayas silvestres que se recolectan en otoño y de las que una cosecha entera da muy poco aceite; es la parte más preciada. Agua. Sosa cáustica, que antiguamente se obtenía de las cenizas de ciertas plantas. Y un fuego que se mantiene vivo durante tres días, cuando llega el invierno.

El médico tiene su propia manera de llamar a los dos aceites. El de oliva es «la suavidad». El de laurel, «la fuerza».

Cada jabonería de Alepo tenía sus calderos, sus salas de secado y su sello: el nombre de la familia, estampado a mano en cada pastilla, la primera de todas las marcas. La pasta caliente se vertía directamente sobre el suelo, como una solera; se dejaba endurecer y después se cortaba en cuadrados caminando sobre ella con patines de madera. Las pastillas se apilaban en torres y pirámides caladas, en salas bien ventiladas, y se esperaba: meses, a veces años. Al cortarlo, el jabón envejecido muestra un corazón verde bajo una corteza dorada.

Este oficio se aprende junto a un maestro. «No hay escuela de jaboneros», dice el fundador; la técnica se transmite «de maestro jabonero a su alumno», «de padre a hijo jabonero desde hace generaciones», y «nada ha cambiado». Antes de la guerra, la ciudad contaba con más de doscientas jabonerías. En diciembre de 2024, la UNESCO inscribió este saber hacer como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

En cuanto al jabón de Marsella, según la tradición desciende de este: se dice que los cruzados trajeron de Oriente el jabón de aceite de oliva y que el procedimiento se extendió por el Mediterráneo hasta la Provenza, donde un edicto real regularía en 1688 la fabricación del jabón. El fundador lo resume a su manera: el jabón de Alepo es «el origen del jabón de Marsella».

«El jabón de Alepo es más que un jabón: es una parte de Siria»

Dr. Samir Constantini, LCI

4. El puesto de los jabones polvorientos

En Alepo, el jabón se vende en la calle. En el zoco antiguo hay «puestos al aire libre» y, delante de cada uno, el fabricante expone sus pastillas: las jóvenes, todavía pálidas; las viejas, más oscuras; y el aroma del laurel flotando por toda la callejuela como una sola respiración.

Un puesto le hace detenerse. «Cuando paseaba por Alepo, por el viejo mercado del jabón de Alepo, vi un puesto con jabones cubiertos de polvo», cuenta. Pastillas olvidadas en sus estantes, grises de polvo, de las que «algunas tienen 20 años», y que nadie tira. Al contrario: se guardan para los entendidos que solo quieren esas. Un jabón que envejece no es un jabón perdido. Madura.

Allí, en ese mercado, conoce al jabonero. Dirige una gran jabonería cuya fama hace tiempo que traspasó las murallas de la ciudad. El médico francés que tantas preguntas hace se convierte en su cliente, después en su mejor cliente y, más tarde, en algo más. «Nos hicimos amigos y se convirtió en mi proveedor». El jabonero lo dirá de forma aún más sencilla: «Trabajábamos como socios».

5. El salto

En Francia, este hombre tiene una profesión, y no una cualquiera. Médico especialista en análisis clínicos, dirige tres laboratorios de análisis en Créteil. Lo que trae de Alepo no se lo guarda para sí: quiere importarlo, darlo a conocer, venderlo. En 2004 funda una empresa y le pone el nombre de la ciudad: Alepia. «Al principio importaba el jabón de Alepo directamente de la ciudad de Alepo, en Siria».

El primer contenedor, uno pequeño, se vende enseguida. Después llegan las farmacias y las tiendas ecológicas, y toda una gama, del jabón líquido a las cremas, fabricada allí mismo, en Alepo.

Llega el día en que hay que elegir. Unos años después del nacimiento de Alepia, vende sus laboratorios. Lo resumirá en una frase ante una cámara: «Soy médico, […] lo dejé todo para dedicarme a la importación y exportación de jabón de Alepo». A su alrededor, nadie lo entiende: «mis amigos médicos me decían: ¿cómo es posible que, después de diez años de estudios superiores y con tres laboratorios, lo dejes todo para vender jabón? Me decían que era atípico. Yo les digo que no, que es mi pasión». Por lo demás, su método cabe en una frase: «me lancé, salto, y luego ya veremos».

También tiene su razón de médico: «cuando se vende jabón de Alepo, en realidad se vende bienestar».

6. Cinco contenedores, cuatro obuses

Entonces Siria entra en guerra. Desde los primeros disturbios, el biólogo hace lo que sabe hacer: anticiparse. «Cuando estallaron los disturbios, pensé que quizá me costaría abastecerme». Compra cinco contenedores de jabón, «pensando que sería suficiente». Incluso había mandado construir una jabonería en Alepo: nunca llegará a fabricar una sola pastilla.

Las rutas se vuelven largas y peligrosas. Pronto, «ya no conseguía abastecerme».

En Alepo, la jabonería de su amigo resulta alcanzada. «Cayeron 4 obuses sobre mi fábrica», contará el jabonero. Una parte arde; el resto es saqueado. Se marcha al Líbano, sin pensar que es para siempre. No diremos más: no es un argumento, es una herida.

Pero un saber hacer no reside en unos muros, sino en unas manos. El médico le hace una propuesta: «ven a Francia y juntos construiremos una jabonería». La respuesta cabe en un suspiro: «Me dijo que sí enseguida».

Decir que sí es una cosa; venir es otra. Hacen falta meses de espera para obtener un visado de trabajo, luego un viaje, y un hombre que llega a Francia «con una maleta». Todo lo necesario para hacer un jabón de Alepo ya lo llevaba en las manos.

«Me lancé, salto, y luego ya veremos»

Dr. Samir Constantini, France 2, 26 de febrero de 2017

7. El caldero de Santeny

En Santeny, un pueblo de la meseta de Brie, en el Val-de-Marne, a las puertas de París, el fuego vuelve a encenderse. La cuba es más pequeña que las de Alepo, pero la pasta es la misma, y «hacemos exactamente los mismos gestos que en Siria». «Es un jabón que existe desde hace más de 3000 años. Ahora seguimos fabricándolo en Francia con la misma técnica y los mismos ingredientes».

Todo empieza con el aceite de oliva, virgen extra, procedente de la cuenca mediterránea y elegido por su carácter: un aceite de tierras cálidas. Se vierte en la cuba con el agua y la sosa cáustica, y se enciende el fuego. La pasta sube, espesa y borbotea lentamente. Cuece durante tres días. Tres días en los que el taller huele a aceite de oliva caliente y en los que el jabonero vela por ella. La prueba con la punta de la lengua: es el gesto de los maestros, el que indica si el aceite y la sosa cáustica se han convertido de verdad en jabón. Junto al aceite de oliva, el aceite de bayas de laurel, verde y oscuro, la parte más preciada: es el que da al jabón su aroma, su color y su precio.

La pasta se vierte, caliente, en largas cajas de madera, a falta del gran suelo de Alepo donde se extendía la solera. Se deja endurecer. Una vez endurecida, está firme, brillante, del color de una aceituna verde. Entonces se corta: a lo largo y luego a lo ancho, a mano, guiándose por una cuchilla tensada sobre un bastidor construido según los planos del jabonero. Después, cada pastilla se estampa a mano con el sello de la casa, que lleva el nombre del doctor y la palabra Momtaz, «que quiere decir excelente».

«El lugar cambia, pero la fabricación sigue siendo la misma», dice el jabonero. Y el fundador, con su propia imagen: «Es como un gran restaurante de cocina francesa instalado en Nueva York: es cocina francesa».

8. Nueve meses de silencio

Después, el jabón guarda silencio. Las pastillas se apilan sobre palés, en torres caladas en las que el aire circula por las seis caras, mientras que en Alepo se apilaban en pirámides directamente sobre el suelo. Y se espera: «9 meses como mínimo». «La maduración del jabón es como la de un buen vino». Durante esos meses, el agua se evapora, la pasta se endurece, el verde vivo se oscurece y la superficie adquiere el color de la miel y del pan. La sosa cáustica que quedaba se convierte en carbonato de sodio y aflora en forma de un fino polvo blanco: se raspa, pastilla a pastilla, antes de envolver cada una en su papel kraft. «Durante 9 meses, el jabón irá madurando poco a poco y se volverá muy suave».

Ante una cámara, el fundador partió un día una pastilla de antes de la guerra: por fuera, la corteza parda; por dentro, intacto, el verde del laurel. El corazón verde y el sello: esas son las señas de la tradición.

Junto al taller, un laboratorio de control: cada lote se analiza antes de su liberación. Esa es la parte que aporta el médico. Un jabón ancestral, dice, al que el Val-de-Marne añade «la trazabilidad y la calidad francesa».

«El lugar cambia, pero la fabricación sigue siendo la misma»

el maestro jabonero, France 24, 24 de diciembre de 2016

Visto en televisión

Han contado nuestra historia. France 2, LCI, C8, BFM Paris, France 24 e i24 News vinieron a grabar el jabón de Alepo que renace en Santeny

  • France 2, «13h15 le dimanche», «Jabón de Alepo made in France», 26 de febrero de 2017
  • C8, «La Nouvelle Édition», «El jabón de Alepo resucita en Francia», principios de 2017
  • LCI, «Alepia, un orgullo sirio»
  • BFM Paris, «Fabriqué en Val-de-Marne», junio de 2024
  • France 24, 24 de diciembre de 2016
  • i24 News, «Paris-Jaffa», 15 de diciembre de 2016
  • Radio Enghien (IDFM), «Escapades de santé», 2016
  • Direct 8, programa de bienestar, 2012

9. Una jabonería, varias lenguas

Alrededor del caldero se habla francés, árabe y otras lenguas. «Una empresa que reúne a personas de orígenes diferentes, de lenguas diferentes, personas que han escapado de la guerra […] es una riqueza, es una fuerza, siempre que haya tolerancia». Un aprendiz que llegó sin saber nada del jabón aprendió el oficio frente a la cuba, en pocos meses, como siempre se ha aprendido: mirando las manos del maestro. Lo que en Alepo se transmitía de padre a hijo se transmite ahora, en Santeny, de maestro a alumno.

El fundador lo expresa como un compromiso: «seguimos fabricándolo aquí, en Francia, a pesar de la crisis, de la guerra y de lo que sufre el pueblo, porque queremos que perdure esta tradición del jabón de Alepo y este patrimonio sirio, que no debe desaparecer». Desde una feria en China hasta Tokio y Dubái, la pastilla del Val-de-Marne viaja con tres palabras en el reverso que nadie habría imaginado hace veinte años: fabricado en Francia.

La Cámara de Oficios y Artesanía concedió a la casa su Medalla a la Excelencia Artesanal; a ello se suman un Premio a la Innovación, un Premio a la Exportación, el programa PM'UP de la Región de Île-de-France y dos patentes. Nuestros productos cuentan con la certificación COSMOS Organic o COSMOS Natural, según la referencia. Pero no encendemos el fuego por eso.

10. En sus manos

Lo encendemos por este momento. Usted retira el papel kraft. La pastilla pesa, es algo áspera, de color pardo dorado, marcada con un sello. Dos aceites, agua, sosa cáustica, fuego y al menos nueve meses de paciencia; nada más. Humedézcala y deje que se eleve el aroma del laurel. Es suave, tanto para el rostro como para el cuerpo, para toda la familia, y dura: una pastilla de Alepo se gasta despacio. Con el paso de las semanas, la corteza dorada se desvanece y aparece el corazón verde, el mismo verde que en las jabonerías de Alepo, el mismo que en el taller de Santeny.

«El jabón de Alepo es más que un jabón: es una parte de Siria», dice el fundador. Él nunca se separa del suyo: «Cuando me voy a algún sitio, siempre me llevo mi jabón de Alepo». Meta uno en su maleta. Está acostumbrado a viajar.

El jabón de Alepo ha cambiado de cielo. Sus gestos, no.

Descubra nuestros jabones de Alepo

Nuestra filosofía

En Alepia creemos que la verdadera belleza procede de la naturaleza. Por eso nos esforzamos en crear productos que respeten su piel. Nuestras fórmulas se elaboran con esmero a partir de ingredientes naturales de primera calidad, sin concesiones en autenticidad ni en eficacia. Descartamos el uso de productos químicos agresivos, parabenos, sulfatos y otras sustancias nocivas que podrían dañar su piel.

Nuestro compromiso con la calidad

Hemos recibido varios galardones de la Cámara de Oficios y Artesanía, del Ministerio de Investigación y de la Región de Île-de-France: contamos con la Medalla a la Excelencia Artesanal, el Premio a la Innovación y el Premio a la Exportación, hemos sido galardonados en el programa PM'UP y hemos solicitado dos patentes... En Alepia estamos orgullosos de nuestra búsqueda constante de la excelencia. Todos nuestros productos se fabrican con cariño y esmero, siguiendo procesos de fabricación tradicionales y cumpliendo rigurosas normas de calidad. Trabajamos en estrecha colaboración con artesanos locales de Alepo, en Siria, para abastecernos de aceite de oliva y de aceite de bayas de laurel, ingredientes esenciales del jabón de Alepo. Cada lote se controla minuciosamente para garantizar la calidad impecable de nuestros productos. En Francia, colaboramos estrechamente con nuestros colegas de la ASDMF, la asociación Savon de Marseille France, para intercambiar ideas y técnicas de saponificación...

Nuestro compromiso con usted

En Alepia, nuestro objetivo es ofrecerle una experiencia de cuidado de la piel inolvidable. Queremos acompañarle en su búsqueda de la belleza natural poniendo a su disposición productos respetuosos con su piel. Nos esforzamos por crear una relación de confianza con nuestros clientes ofreciéndoles productos sinceros, éticos y respetuosos.

Acompáñenos en nuestro viaje hacia la belleza natural y descubra el poder de los tesoros de Alepo, realzados en cada producto que le ofrecemos.

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El Dr. Constantini y el equipo de Alepia